-Aquí vienen, comandante -dijo el oficial.

Todos se pusieron en pie, y el enano saludó como dictaba el protocolo de los caballeros, mientras el resto de grupo se miraba extrañado tras él. Se sentaron en el lugar que les habían reservado, cediendo el oficial su sitio a Gorham, a la derecha del comandante.
-Dijiste que tenías cosas que contarnos, sobre un lugar en la dirección hacia la que nos dirigimos -empezó el caballero.
El enano masticó un trozo de venado, lo hizo pasar con un trago de buen vino elfo, y se giró con la copa hacia el comandante.
-Por supuesto, no mejora la cerveza enanil que fabrican mis primos en Mithrill Hall, pero es bastante bueno -dijo Gorham. El comandante no apartó su mirada de Gorham. Éste gruñó débilmente, mirando a sus compañeros, que a su vez le observaban disimuladamente mientras comían su cena-. Señor, nos hemos encontrado con una criatura a la que no había visto nunca, ni siquiera había oído hablar de algo así. Se meten en los sueños, como vulgares deshuellamentes, y tienen el aspecto de afables ancianas en casas en medio del bosque, como feas brujas o banshees. Cuando son importunadas o tratas de defenderte de..., eso, el poder que desarrollan es formidable -paró un momento y bebió otro sorbo de vino. Luego continuó-. Los enanos de las montañas no sufrimos de eso a lo que los humanos llamáis miedo..., pero lo tuve. Es algo malo que no pertenece a este mundo.
El comandante se tocó la barbilla con los dedos. Pareció pensar durante un momento y luego habló.
-Las criaturas de las que hablas se llaman espectros -dijo Ibrahim-. Son criaturas perversas, malvadas, llenas de odio y de..., magia arcana. De hecho se alimentan de ese poder. Y en algo tienes razón, maese Gorham: no pertenece a este mundo, al menos no a este plano.
-Me lo suponía... -dijo el enano, sin darse cuenta que los sitios de Gaylin y Astrid ya estaban ocupados. Volvieron en silencio y saludaron a sus compañeros con un movimiento de cabeza, viendo que estaban pendientes de la conversación que mantenía Gorham con el comandante.
-Deduzco que os habéis enfrentado con una de estas criaturas.
-Así es, comandante, y salimos victoriosos..., por muy poco. De hecho no estoy seguro de haberla derrotado, sólo desapareció de nuestra vista.
-Detectó que érais demasiado poderosos para ella -dijo el caballero-, y decidió quitarse de en medio. Nosotros vamos a la caza de algunos de estos seres, como refuerzo a los ejércitos del bien en el Oeste.
-¿Os ha enviado Elminister? -preguntó el enano.

-Ja, ja, ja -rió Ibrahim-. No, amigo. Nos envía la dama Alustriel, de Luna Plateada. Y ahora comamos, y no hablemos más de estas criaturas, se me agría el vino en el estómago, maese Gorham.
-Estoy de acuerdo -respondió el enano, tratando de limpiarse las manos grasientas en un trapo que puso sobre los pantalones.
-Tengo cierta curiosidad... -empezó el comandante-. ¿Cómo es posible que un enano de Mithrill Hall conozca tan bien las costumbres y usos de los soldados de La Marca?
Gorham miró alrededor. Vió a Astrid que, de repente, empezó a prestarle a la charla mucha más atención. El enano se giró al comandante, con un gesto decidido.
-La historia es muy larga, señor, pero trataré de resumirla lo mejor posible -empezó Gorham-. Hace veintidós años serví para Sir Goldwin Goldenaar, fui compañero suyo y gran amigo. De hecho, él mismo fue el mejor amigo que he tenido nunca.
-Sir Goldwin Goldenaar..., sí, serví bajo su mando, hace mucho... -contestó pensativo el comandante.
-Lo sé, señor. Cuando os vi el rostro, reconocí a un viejo teniente de caballería que fue condecorado por el general Deevers, tras la Batalla de las Tres Lomas, al Sur de Argluna.
-Sí, lo recuerdo, pero no te recuerdo a ti.
-Éramos muchos enanos los que luchábamos entonces brazo a brazo con los caballeros, cuya lealtad sigue siendo legendaria -dijo Gorham-. Sin embargo, hoy en día, los enanos escondemos la cabeza ante problemas que dicen los mayores no ser nuestros...
-Sir Goldwin..., ¡ahora lo recuerdo! -el enano levantó los ojos-. ¡Claro! ¡Fue una gran ceremonia! El magistrado de la Ciudad Perdida, casó a su hija con él. Fue algo muy sonado, pues no aceptó la mano de la elfa, hasta que aquella no jurase que era lo que realmente quería. Él esperó dos largos años hasta que ella estuvo segura... Jamás vi amor igual de un hombre por una elfa, y totalmente correspondido. Fue una bella historia de amor...
-Sir Ibrahim, no creo que... -empezó el enano.
-Sin embargo, ella murió..., al dar a luz, si no recuerdo mal... -Gorham decidió terminar con aquello, antes de ver sufrir aún más a su pupila.
-Comandante -dijo el enano poniéndose en pie y señalando a la semielfa-, le presento a Astrid Goldenaar, la hija de Sir Goldwin.