jueves, agosto 31, 2006

Fin de actividad...

A partir del este momento doy por finalizada la actividad en este blog, a pesar de que se conservarán todas las entradas en este lugar. A partir de ahora las próximas entradas se realizarán en La Certeza de los Necios, donde he unificado todos los blogs que vengo manteniendo desde hace años.

Gracias y un saludo.

martes, agosto 22, 2006

Los caballeros de la Marca (Segunda Parte)

-Veo que es cierto -dijo el enano-, sois caballeros auténticos.

-¿Qué quieres decir? -preguntó el comandante.

-No estoy aquí sólo. Pertenezco a un grupo que se dirige al Valle de las Sombras, en busca de Elminster el Sabio. Ha sido una suerte que os cruzárais con nosotros.

-¿Por qué? -preguntó el caballero de nuevo.

-Porque en esa dirección encontraréis ciertos peligros -contestó Gorham-, y podemos proporcionaros información.

-Di a tus amigos que salgan, y si no son muchos y sois lo que dices, esta noche compartiremos cena.

El enano sonrió con satisfacción.

-Veo que la Marca Argéntea sigue teniendo la misma calidad de hombres que siempre. Me alegro -le dijo Gorham sonriendo-. ¡Salid, son amigos!

Algunas cabezas asomaron sobre el terraplén, y el comandante les saludó con la mano.

-Podéis bajar y uniros a nosotros. Sois bienvenidos.

Los compañeros descendieron de su posición y se colocaron junto al enano.

-Decididamente, estás loco, viejo gruñón -le dijo Astrid casi en susurros.

-Deberías fijarte bien en ellos -le contestó el enano-, llevan la misma armadura que solía llevar tu padre.

Astrid miró a Gorham extrañada, y luego abrió los ojos como platos, al entender lo que quería decirle. El enano sonreía, como en mucho tiempo no lo había hecho.

* * *

El pequeño ejército de La Marca dispuso tiendas y montó guardias y patrullas nocturnas. El comandante ofreció una tienda grande para alojarlos a todos, aunque reclinaron amablemente la oferta, pues estaban acostumbrados a dormir al raso, y no se sentirían cómodos debiéndoles demasiados favores.

Bien entrada la tarde, uno de los muchos escuderos se acercó al lugar donde se encontraba el grupo.

-Buenas tardes. El comandante Ibrahim os invita a cenar con él y sus oficiales.

-Vaya, si su cena sabe igual que huele, es sin duda mejor que la nuestra -dijo Andros.

-Pero..., hay un problema...

-¿Cuál? -preguntó el enano frunciendo el ceño.

-El lobo..., es mejor que no venga -contestó el escudero.

-¡El lobo es amigo nuestro y va donde vamos nosotros! -exclamó Gorham avanzando un paso, lo cual hizo retroceder tres al joven.

-Está bien, Gorham -dijo de pronto la elfa. Se agachó y le susurro a Karuth unas palabras junto a la oreja. El lobo salió disparado a internarse en el bosque-. Puedes decirle al comandante que no tiene que preocuparse por nuestro amigo.

-De..., de acuerdo. Gracias, señora -y haciendo una reverencia, se dio la vuelta y se alejó en dirección a la tienda de Ibrahim.

Duncan sacó su hacha y comenzó a limpiarla. La miraba como en los últimos días, como un objeto que le era extraño y a la vez imprescindible. El ansia de saber más cosas de aquel arma le consumía, y los demás se daban cuenta. Lo que no podían entender era que aquel hacha era lo único que le quedaba de su clan, de su familia extinguida.

Gaylin y Andros estaban ocupados discutiendo sobre el mapa. ¿Qué camino seguirían a partir de allí? No terminaban de decidirse entre atravesar las montañas o bordearlas. A la elfa no le gustaba estar encerrada, no iba con su forma de ser, druida de los bosques de las lejanas Islas de la Luna, muy al Oeste de donde se encontraban. El explorador era partidario de no perder demasiado tiempo, y sabía que atravesando las montañas se ahorrarían muchos días, semanas tal vez.

El enano estaba perdido en sus pensamientos, pero Astrid, la semielfa, tenía muchas preguntas, ante lo que Gorham le había dicho.

-Gorham...

-¿Qué quieres, muchacha? -preguntó en un tono algo arisco.

-¡No me trates como a una niña! -exclamó-. Sabes que no me gusta. No tengo el brazo tan fuerte como tú, pero puedo igualar a cualquier hombre o elfo en combate...

-No te tortures -le cortó el enano-. Si prestas atención, esta noche te enterarás de cosas que te interesan.

-¿Por qué no me lo dijiste?¿Por qué me mentiste sobre mi padre?

-¡Yo no te mentí! -dijo Gorham poniéndose en pie-. Sólo..., sólo te oculté algunas cosas...

-¡¿Algunas cosas?!¡Me acabo de enterar de que mi padre era caballero de La Marca Argéntea!¿Eso es algunas cosas? -contestó la guerrera-. Gorham..., eres.., eres... ¡Bah! -dijo dándose media vuelta y poniendo los brazos en jarras.

El enano la cogió del brazo suavemente y la apartó unos metros de sus compañeros.

-Astrid, le prometí a tu padre que cuidaría de ti, que te entrenaría... -empezó el enano-, para que algún día pudieras reclamar lo que es tuyo. Esta noche sabrás quién era en realidad tu padre..., y tu madre.

-¡Déjame en paz!¡Ni siquiera sé si quiero enterarme! -diciendo esto último, se colocó la vaina sobre la cadera y se perdió en la espesura.

-Astrid, ¡Astrid!

-Déjala... -le dijo Duncan poniendo una mano en el hombro del enano-. Necesita estar sola un rato. Acabará entendiendo -Gorham se quedó mirando el hueco que había dejado en los arbustos.

-Astrid, yo... -el enano se dio la vuelta y se acercó de nuevo al grupo-. Será mejor que vayamos a cenar. Está anocheciendo, y a estos hombres les gusta levantarse temprano.

Todos se dirigieron al lugar donde les esperaba el comandante, salvo la elfa, que decidió tener una pequeña charla con Astrid, y se perdió silenciosa en la espesura, siguiendo los pasos de la guerrera.

* * *

Gaylin no tardó en oir los sollozos de la semielfa. Se acercó silenciosa en aquella dirección hasta que pudo ver, tras la maleza, a Karuth lamiendo las manos de Astrid, que lloraba desconsolada. La elfa se acercó despacio, conocía el bosque y no quiso importunarla. La dejó llorar hasta que las últimas lágrimas hubieron abandonado sus bonitos ojos almendrados, de elfa, herencia de su madre.

-Astrid, deberías acudir a la cena.

-¡¿Para qué?!¡¿Para que me digan que mi padre era un violador de elfas?! -dijo indignada. Nuevas lágrimas acudieron a su rostro.

-Los caballeros de La Marca Argéntea de Mith Drannor son famosos en todo Faerun -empezó Gaylin, mientras se sentaba junto a la semielfa y le pasaba un brazo por el hombro-. Son seleccionados de una forma muy especial. Un consejo de elfos venidos de muchos lugares como Luna Plateada o Siempreunidos, formado por poderosos servidores de los dioses, en constante comunión con ellos, se reúne sólo para decidir si el caballero es merecedor de portar La Insignia del Mythal, uno de los símbolos más sagrados que existen, no sólo en Faerun, sino en todo Abeir Toril -la guerrera escuchaba con atención, aunque sin mirar a la druida-. ¿En serio crees que tu padre pudo haber sido un violador de elfas?

Gaylin hizo una pausa y la observó. Empáticamente, comenzó a detectar algo de paz en el espíritu de Astrid. Se levantó y le ofreció sus manos.

-Sigue el dictado de tu corazón. Tienes sangre elfa, y rara vez se equivocan los corazones elfos, en lo que a sentimientos y herencia se refiere.

Astrid se secó las últimas lágrimas y se puso en pie ayudada por la elfa. Juntas se encaminaron hacia el campamento humano.

* * *

-Aquí vienen, comandante -dijo el oficial.

Todos se pusieron en pie, y el enano saludó como dictaba el protocolo de los caballeros, mientras el resto de grupo se miraba extrañado tras él. Se sentaron en el lugar que les habían reservado, cediendo el oficial su sitio a Gorham, a la derecha del comandante.

-Dijiste que tenías cosas que contarnos, sobre un lugar en la dirección hacia la que nos dirigimos -empezó el caballero.

El enano masticó un trozo de venado, lo hizo pasar con un trago de buen vino elfo, y se giró con la copa hacia el comandante.

-Por supuesto, no mejora la cerveza enanil que fabrican mis primos en Mithrill Hall, pero es bastante bueno -dijo Gorham. El comandante no apartó su mirada de Gorham. Éste gruñó débilmente, mirando a sus compañeros, que a su vez le observaban disimuladamente mientras comían su cena-. Señor, nos hemos encontrado con una criatura a la que no había visto nunca, ni siquiera había oído hablar de algo así. Se meten en los sueños, como vulgares deshuellamentes, y tienen el aspecto de afables ancianas en casas en medio del bosque, como feas brujas o banshees. Cuando son importunadas o tratas de defenderte de..., eso, el poder que desarrollan es formidable -paró un momento y bebió otro sorbo de vino. Luego continuó-. Los enanos de las montañas no sufrimos de eso a lo que los humanos llamáis miedo..., pero lo tuve. Es algo malo que no pertenece a este mundo.

El comandante se tocó la barbilla con los dedos. Pareció pensar durante un momento y luego habló.

-Las criaturas de las que hablas se llaman espectros -dijo Ibrahim-. Son criaturas perversas, malvadas, llenas de odio y de..., magia arcana. De hecho se alimentan de ese poder. Y en algo tienes razón, maese Gorham: no pertenece a este mundo, al menos no a este plano.

-Me lo suponía... -dijo el enano, sin darse cuenta que los sitios de Gaylin y Astrid ya estaban ocupados. Volvieron en silencio y saludaron a sus compañeros con un movimiento de cabeza, viendo que estaban pendientes de la conversación que mantenía Gorham con el comandante.

-Deduzco que os habéis enfrentado con una de estas criaturas.

-Así es, comandante, y salimos victoriosos..., por muy poco. De hecho no estoy seguro de haberla derrotado, sólo desapareció de nuestra vista.

-Detectó que érais demasiado poderosos para ella -dijo el caballero-, y decidió quitarse de en medio. Nosotros vamos a la caza de algunos de estos seres, como refuerzo a los ejércitos del bien en el Oeste.

-¿Os ha enviado Elminister? -preguntó el enano.

-Ja, ja, ja -rió Ibrahim-. No, amigo. Nos envía la dama Alustriel, de Luna Plateada. Y ahora comamos, y no hablemos más de estas criaturas, se me agría el vino en el estómago, maese Gorham.

-Estoy de acuerdo -respondió el enano, tratando de limpiarse las manos grasientas en un trapo que puso sobre los pantalones.

-Tengo cierta curiosidad... -empezó el comandante-. ¿Cómo es posible que un enano de Mithrill Hall conozca tan bien las costumbres y usos de los soldados de La Marca?

Gorham miró alrededor. Vió a Astrid que, de repente, empezó a prestarle a la charla mucha más atención. El enano se giró al comandante, con un gesto decidido.

-La historia es muy larga, señor, pero trataré de resumirla lo mejor posible -empezó Gorham-. Hace veintidós años serví para Sir Goldwin Goldenaar, fui compañero suyo y gran amigo. De hecho, él mismo fue el mejor amigo que he tenido nunca.

-Sir Goldwin Goldenaar..., sí, serví bajo su mando, hace mucho... -contestó pensativo el comandante.

-Lo sé, señor. Cuando os vi el rostro, reconocí a un viejo teniente de caballería que fue condecorado por el general Deevers, tras la Batalla de las Tres Lomas, al Sur de Argluna.

-Sí, lo recuerdo, pero no te recuerdo a ti.

-Éramos muchos enanos los que luchábamos entonces brazo a brazo con los caballeros, cuya lealtad sigue siendo legendaria -dijo Gorham-. Sin embargo, hoy en día, los enanos escondemos la cabeza ante problemas que dicen los mayores no ser nuestros...

-Sir Goldwin..., ¡ahora lo recuerdo! -el enano levantó los ojos-. ¡Claro! ¡Fue una gran ceremonia! El magistrado de la Ciudad Perdida, casó a su hija con él. Fue algo muy sonado, pues no aceptó la mano de la elfa, hasta que aquella no jurase que era lo que realmente quería. Él esperó dos largos años hasta que ella estuvo segura... Jamás vi amor igual de un hombre por una elfa, y totalmente correspondido. Fue una bella historia de amor...

-Sir Ibrahim, no creo que... -empezó el enano.

-Sin embargo, ella murió..., al dar a luz, si no recuerdo mal... -Gorham decidió terminar con aquello, antes de ver sufrir aún más a su pupila.

-Comandante -dijo el enano poniéndose en pie y señalando a la semielfa-, le presento a Astrid Goldenaar, la hija de Sir Goldwin.

sábado, julio 15, 2006

Los Caballeros de la Marca (Primera Parte)

El grupo utilizó el resto del día y parte del día siguiente para descansar. Había prisa y eso no lo habían olvidado, pero les estaban ocurriendo algunas cosas que no podían ser meras casualidades. Les habían sacado de una peligrosa, pero interesante aventura, para meterlos de lleno en un mundo infestado de nuevos problemas a los que enfrentarse. Ellos parecían haber sido erigidos adalides de los dioses, unos dioses que ya no les parecían tan poderosos, puesto que el grupo había descubierto que hay seres más superiores que las deidades mismas, sumando a esto que esas mismas deidades ahora caminaban por el mundo como simples mortales.

No dejaron pasar mucho más tiempo y se pusieron de nuevo en marcha. Empezaba a ser aburrido para ellos. Casi cada día, sus esfuerzos por acelerar su marcha se veían interrumpidos por algún percance, de tipo mágico o no, pero que frenaba sus espectativas, y hacía lejano el encuentro con Elminster.

Gorham mantenía el mismo aire enfadado que llevaba desde poco antes del encuentro con la banshee. Duncan seguía pensando en los posibles poderes mágicos de su hacha. Siempre había confiado en su propia fuerza, en su aprendizaje de guerrero y en los consejos de su fallecido padre, pero ahora, esas fuerzas mágicas externas a él, parecían regir su vida y su futuro más inmediato.

De Andros había poco que decir. Su pasado era muy desconocido, incluso para él, y su carácter introspectivo hacía que sus propios compañeros no le prestaran demasiada atención. La mayor parte del tiempo lo pasaba oteando el horizonte, adelantándose al grupo en pos de encontrar alguna trampa que les dificultara aún más su camino. O bien en la retaguardia, junto al bárbaro, desconfiando de cada sombra, de cada movimiento inesperado.

Astrid permanecía pendiente de Gorham. Hacía tiempo que el enano se había vuelto taciturno, como si sintiera que su misión no fuera con ellos. A pesar de ser clérigo, no le gustaba la magia de los hechiceros, y en esta aventura había demasiada. A la semielfa le dolía que su amigo, que la había tratado durante tanto tiempo como a su propia hija, ahora la tratara igual que al resto de los componentes del equipo. Estaba enfadado por algo, y lo iba a descubrir.

Iban todos en silencio, cuando Karuth dio un ladrido mirando al frente. Todos levantaron la vista y vieron la nube de polvo que aparecía en la distancia.

-¡Jinetes! -dijo Andros-. ¡Escondámonos!

Miraron a uno y otro lado, decidiéndose al final por la ladera que empezaba a ascender unos metros al norte del camino. Subieron todos y el lobo esperó a que Gaylin hubiera terminado la ascensión. En la cima del montículo había un buen lugar para observar los hombres a caballo que llegarían de un momento a otro. Observaron en silencio.

Al llegar el grueso del grupo, se dieron cuenta de que había unos cincuenta jinetes cubiertos de polvorientas armaduras, que hacían cara de estar cansados. Los caballos, enormes corceles de guerra, sacaban sus lenguas sedientos. Podía verse el brillo del sudor en la piel de las monturas, y en la frente de los hombres que llevaban la visera del casco levantada. La formación era de a cuatro, salvo en la vanguardia, donde iban los mandos de a dos, y en la retaguardia, donde dos caballeros cerraban la formación portando dos estandartes con leones rampantes rojos.

-Son caballeros de la Marca -dijo Gorham en un susurro.

-¿De la Marca? -preguntó Duncan sin dejar de observar el pequeño ejército.

-Se refiere a la Marca Argentea -respondió Astrid-. Los Jinetes de la Marca Argentea protegen los territorios que un día pertenecieron a Mith Drannor, la legendaria ciudad de los elfos. Aún, hoy en día, mantienen su juramento.

-Pero están muy lejos de su hogar -dijo Andros-. ¿Qué diablos hacen por aquí?

-¡Bien!¡Habrá que preguntárselo! -dijo Gorham poniéndose en pie.

-¡¿Te has vuelto loco?!¡Van a verte!

-Eso es exactamente lo que quiero, elfa -le dijo a Gaylin sin siquiera girarse.

Todos se quedaron en su sitio, esperando a ver qué era lo que hacía el enano.

Enlazado en DND-ES

Gorham avanzó sin miedo hacia la columna de caballeros, que se paró de inmediato a una señal de su comandante. Cuatro jinetes se acercaron hacia el enano rodeándole y apuntándole con sus lanzas. Otro jinete, que vino desde la vanguardia de la columna, de mayor graduación, se colocó en medio de dos de los lanceros, y se quedó mirando a Gorham con cara de curiosidad.

-¿Y tú de dónde sales, amigo? -dijo el oficial.

-¿Vas a decirle a tus hombres que retiren las lanzas? -dijo el enano poniéndose en jarras.

-Aún no. Hace tiempo que no veo enanos en las estribaciones...

-Mis congéneres deben estar escondiendo la cabeza en sus minas, y desentendiéndose del resto del mundo, como hacen siempre -le interrumpió Gorham.

-Vaya, un enano gracioso, ja ja ja -todos los caballeros se rieron con el oficial.

Gorham echó mano del mango de su hacha y las risas cesaron.

-No te lo recomiendo, amigo -dijo de inmediato uno de los hombres que apuntaban con las lanzas al pecho del enano.

Gorham levantó la vista cuando oyó unos cascos que se acercaban lentamente. Luego, detrás del oficial, oyó una voz aún más grave, y que parecía tener más autoridad.

-¿Qué ocurre, Sir Godyart?

-No es nada, comandante. Sólo un enano de las montañas en tierra peligrosa -dijo el oficial mirando a Gorham de reojo.

-Entonces, ¿no es un espectro?

-No, señor. No lo parece. Intentó coger el hacha ante lo que consideró una ofensa.

-¿Y qué pasa conmigo? -preguntó el enano hastiado de tanta conversación-. ¿Es que nadie me va a pedir opinión?

El comandante y Sir Godyart se giraron para mirar a Gorham.

-Tienes razón, amigo -empezó el comandante-. Siento haberte asustado, pero corren malos tiempos para tener amistades dudosas. Levantad las armas, este enano es libre y puede ir por donde quiera.

martes, junio 13, 2006

Un nuevo escollo en el camino (II)

La lluvia seguía golpeando con furia contra el suelo. Los compañeros se acercaron a la cabaña tratando de ser discretos, aunque se sentían bien protegidos por la lluvia, a ese respecto. Al llegar a la puerta, esta se abrió de repente, sobresaltando al explorador, que precedía a la comitiva.
-¡Vamos, pasad! -dijo la anciana, sorprendiéndolos a todos-. Estáis empapados. Pasad y acercáos al fuego.
Se miraron entre ellos, pero avanzaron para entrar en el habitáculo. Gaylin y Karuth, el lobo, cerraban la comitiva. Al ver al animal, la vieja puso mal gesto.
-El lobo no. Él debe quedarse fuera -la elfa miró a la anciana con algo de reproche, pero en seguida entendió que la cabaña era pequeña, y los animales, en el fondo, deben permanecer en el exterior.
Asintió, como forma de decirle a la anciana que estaba de acuerdo, y se agachó para decirle unas palabras a Karuth, al oído, que nadie escuchó. El lobo, de inmediato, buscó el sitio más cómodo y menos mojado debajo del porche, y se tumbó allí. Gaylin entró en la destartalada vivienda y detrás de ella la anciana cerró la puerta con un sonido de goznes largo tiempo sin engrasar.
Los miró a todos con mirada escrutadora, como si quisiera estudiarlos antes de entablar cualquier tipo de conversación con ellos. Ellos también la miraban, mientras dejaban caer el agua que empapaba sus ropas. Luego emitió una cálida sonrisa que rompió la tensión que empezaba a formarse en el ambiente.
-Bien, bien, bien... -dijo la anciana-. ¿Qué es lo que nos ha traído hoy la lluvia? No tengo comida y ya he cenado, así que lo único que puedo ofreceros es cobijo y el calor del fuego.
-No se preocupe, señora -respondió Astrid-. Nos conformamos con eso, y se lo agradecemos.
-Será mejor que descansemos -dijo el enano mirando a la vieja con disimulo, que no les quitaba el ojo de encima.
La anciana, de repente, dejó de observarlos y se puso delante del fuego, a hacer lo que estuviera haciendo antes de su llegada.
-No me fío de esta arpia -susurró el enano en el oido del bárbaro, aprovechando que este se había agachado extendiendo su manta bajo la ventana.
-No seas aguafiestas, Gorham. Sólo está siendo solidaria con nosotros. Nos iremos en cuanto salga el día.

Trataron de acomodarse lo mejor que pudieron, dado el tamaño del habitáculo. Se decidieron las guardias a pesar de que la anciana trató de convencerles de lo innecesario de las guardias, estando ella allí y el lobo fuera. El sueño no tardó en llegarles.

Mientras Duncan montaba su guardia, la anciana salió con un plato con algo de comida para Karuth, que dormitaba fuera.

-Ese animal también tiene derecho a un plato caliente -le dijo la mujer al bárbaro mientras colocaba el plato bajo el porche.

-Estás siendo amable con nosotros. Te lo agradecemos.

La mujer hizo un gesto con la mano restándole importancia.

-Sólo es un poco de hospitalidad con unos viajeros que han tenido la mala fortuna de toparse con esta tormenta.

-Aún así... -continuó Duncan.

-¡Bah! -le interrumpió la anciana-. Ya te he dicho que no tiene importancia. Creo que voy a tratar de dormir yo también un poco.

Diciendo esto, se acurrucó junto a Astrid, para recibir un poco de su calor, pensó el bárbaro, que miró hacia fuera de la cabaña, y vio cómo el lobo estaba tumbado dormitando.

* * *

Astrid había caído en un profundo sueño, tras notar el calor de sus compañeros, adormecida por el tamborileo del agua sobre las tejas de la cabaña. Sintió una presencia fría a su izquierda. Abrió un ojo y vio que la anciana se había tumbado junto a ella. No le prestó atención y volvió a quedar profundamente dormida.

En su sueño, la anciana trataba de abrazarla. Pero había algo raro en su actitud.

-Hija, abrázame, necesito tu calor... -decía la mujer.

-Claro, anciana, ven para que pueda consolarte.

Pero cuando la anciana la abarcaba con sus brazos, estos se volvían largos y rugosos, como las ramas de un árbol viejo. Entonces notaba cómo se quedaba sin fuerzas, casi sin poder emitir palabras, y la anciana, con la cara cadavérica, con una sonrisa espeluznante, sólo decía:

-¡Así, así!¡Dame tu calor para que pueda alimentarme de él!¡Déjame entrar en ti!

Astrid trataba de esquivar el abrazo, pero sus fuerzas la abandonaban y no podía quitársela de encima...

En mitad de la guardia, Duncan oyó los gemidos de Astrid, y se giró para mirarla. Vio que se removía inquieta en su posición. La jornada nos está afectando a todos, pensó. Pero entonces se dio cuenta de que había algo extraño. La anciana la abrazaba con sus brazos, aprentándose contra ella y sonriendo, con lo que mostraba una dentadura corroída. Supo que algo andaba mal.

-Suéltala, vieja -ordenó el bárbaro a la anciana.

-¿De verdad crees que podréis conmigo, humano?

Duncan asió el hacha con ambas manos al tiempo que la anciana salía despedida flotando hacia el techo de la cabaña. Este se desprendió de la misma despertando a todos, y Astrid trató como pudo de incorporarse, aunque se sentía apenas con fuerzas para hacerlo. Gorham se levantó de un salto, y lo mismo hicieron Gaylin y Andros, el explorador, prestos todos sus armas, preguntándose qué es lo que ocurría, y mirando ora al bárbaro, ora a la anciana que flotaba casi sobre ellos.

La vieja comenzó a reírse con una voz que parecía provenir de las grietas más recónditas del Abismo.

-¡Dormid!¡Dormid, para que pueda alimentarme de vosotros! -dijo extendiendo las manos hacia el grupo.

Todos sintieron mucho sueño entonces, pero ninguno de ellos sucumbió a los efectos mágicos de la abominación en la que se había convertido la bruja. Andros fue el primero en atacar, lanzando una estocada al aire con su espada. La bruja esquivó el ataque maldiciendo, y lanzó el suyo por encima del hacha del bárbaro, al que no le dio apenas tiempo de enarbolarla. El explorador rodó por el suelo con agilidad, y el enano aprovechó para hendir su hacha en el monstruo, pero sólo consiguió rasgar unos ropajes raídos.

Duncan notó que el hacha vibraba en sus manos. Asiéndola desde la parte más alejada de la hoja, por encima de las cabezas de sus compañeros, consiguió acertar en el bulto que formaba la espalda del engendro, notando que esta se hundía en carne putrefacta y maloliente.

-¡Malditos y malditas vuestras armas encantadaaaaaas! -y tras estas palabras, que les recordó el grito de la banshee, desapareció de su vista.

El tejado de la casa comenzó a derrumbarse, y todos salieron al exterior asombrados del episodio, mirando cómo la cabaña se derrumbaba, detrás de Karuth, que parecía despertar de un sueño en aquel momento.

Todos estaban estupefactos, salvo el enano, que miraba los restos ceñudo.

-¿Es que tendré que aguantar el agua de la lluvia por mucho tiempo más? -protestó-. Sigamos nuestro camino. No queda mucho para que salga de nuevo el sol.

La tormenta pareció arreciar un poco, convirtiéndose algo más tarde en una fina llovizna, para desaparecer por completo cuando el sol, tras las nubes, empezaba a iluminar el mundo. Ellos ya se habian alejado lo suficiente de la cabaña, y aunque estaban cansados, no quisieron parar aún. Hasta que el hambre les obligó a pensar en el desayuno, y la humedad y el frío se impusieron de nuevo sobre su ánimo.

martes, mayo 30, 2006

Un nuevo escollo en el camino (I)

La aventura con la banshee les había proporcionado un quebradero temporal de cabeza, pero también una nueva pista. No el monstruo en sí, sino su apresurada convivencia con el alcalde, y, sobre todo, con su mujer. Había resultado ser una antigua servidora de Helm, el dios de la justicia, y aún conservaba su poder. O eso, o había tenido mucha suerte lanzando su hechizo de curación sobre Gorham.
Abandonaron el pueblo con prisas, aunque no más que las que ya tenían de por sí; por recorrer el camino que tenían por delante y llegar hasta Elminster, tan lejano e inaccesible para ellos. Se les hacía agotador, sólo de pensarlo. Pero estaban decididos a no abandonar, y de hecho no lo harían; al menos no por voluntad propia.
Hacía dos días que habían dejado el pueblo y su reciente aventura. El tiempo no parecía estar dispuesto a ofrecerles bonanza, y más de una noche tuvieron que hacer uso de sus capas de invierno.
Poco a poco, una neblina pegajosa se había ido adueñando del ambiente, y una llovizna suave, pero insistente, los calaba casi sin que se dieran cuenta, hasta que se notaban empapados y fríos.
-Vuelve a amenazar tormenta -dijo Andros mirando hacia el gris del cielo.
-¡Diablos! Será mejor que avisemos al resto -respondió el enano-. ¡Estoy harto de mojarme cada vez que abandonamos una población!
Gorham y Andros habian salido a explorar el terreno, mientras el resto del grupo les esperaba no lejos de allí.
Se encaminaron rápido hacia el lugar de reunión e informaron. El parte lo dio Andros, al tiempo que Gorham refunfuñaba y hacía aspavientos, fastidiado por la situación. De todas formas, el carácter del enano no era nuevo para ellos.
-La arboleda del este es el comienzo de un pequeño bosque que quizá se extienda un par de millas en esa dirección -dijo el explorador mirando al grupo. Duncan le miraba con la mano apoyada en su enorme hacha de batalla -. Pero deberíamos buscar refugio antes de pensar en atravesarlo.
-Podríamos resguardarnos bajo los árboles, si son suficientemente frondosos -dijo Gaylin, acariciando la cabeza de Karuth. Este ronroneó y movió el rabo-, igual que hicimos antes de llegar a Pueblo Viejo.
-¡Ni lo sueñes, elfa! -exclamó el enano-. Esta vez no pienso dejar de caminar hasta que encuentre algo bajo lo que pueda cobijarme.
La tarde estaba avanzada, y el espesor de las nubes ennegrecidas no dejaba entrever los últimos rayos de sol, que aún iluminaba el oeste.
La oscuridad cayó sobre ellos como un manto pesado y húmedo; no tardó en descargarse la lluvia.
-No me acostumbro a este tiempo... -dijo el bárbaro entre dientes.
Los demás ni se molestaron en contestar. Siguieron andando, con la vista fija al frente por si conseguían localizar alguna hendedura o tejado rocoso donde resguardarse, sin ver nada a través de la cortina de agua.
Tras algunas horas de dura caminata, y en un momento en el que parecía haber amainado un poco, vislumbraron una luz titilante hacia el norte. No estaría a más de media milla de distancia. Se acercaron hasta que estuvieron a poco más de cien yardas, y decidieron explorar.
-Andros... -empezó el enano.
-Esta vez iré yo -cortó Astrid, la semielfa, adivinando los planes de Gorham.
Dejando sus enseres sobre la hierba mojada, y armada sólo con su espada y su daga, se dirigió hacia el lugar de donde procedía la luz. Lo hizo de forma sigilosa, aunque hubiera sido difícil detectarla, teniendo en cuenta el ruido de la lluvia sobre las hojas caídas en el suelo del bosque. En seguida vio la cabaña. Una vieja y maltrecha estructura de madera en medio de un claro, con un fuego cuya luz podía verse a través de dos ventanas bajas, que alimentaba una chimenea por donde escapaba un humo negro, espesado por la humedad. No parecía haber ningún peligro cerca. Ninguna mascota avisó de la presencia de la semielfa.
Se acercó un poco a la cabaña, amparándose en la oscuridad del entorno, y observó un leñero en un lateral. Un pequeño porche, casi derrumbado, desaguaba por un lateral con un chorro continuo que formaba una pequeña charca, en una de las esquinas de la construcción. Se fijó en las ventanas. Una forma encorvada se paseaba de un lado a otro con pequeños objetos que tiraba de inmediato a la chimenea. Astrid pensó que se trataba de madera para alimentar el fuego. Estudió un poco más el entorno, por si hubiera alguien haciendo guardia.
Una vez que se hubo cerciorado de que no había peligro en los alrededores, se decidió a correr, agachada, hasta situarse debajo de la ventana. Quería ver también el interior, para estar segura de lo que les diría a sus compañeros. Recorrió la corta distancia en apenas unos segundos. Alzó lentamente la cabeza, lo justo para poder ver el interior de la estructura, preparándose para contar el número de individuos, pero no le hizo falta. La cabaña era muy pequeña, y sólo una anciana, tapada con una vieja manta, a modo de capa, ocupaba la estancia. A su izquierda había un improvisado jergón de paja sobre el suelo, en el centro una mesa con dos sillas y a la derecha una chimenea que apenas caldeaba la habitación. La anciana estaba cociendo algo sobre el fuego. Astrid se dio cuenta de que llevaba muchas horas sin comer, y su estómago empezaba a reclamárselo. A su olfato llegó un olor delicioso a sopa de ajos bien caliente. Le extrañó que no hubiera goteras, con la que estaba cayendo, pero no le dio importancia. Dando un suspiro, se dijo que había visto suficiente, y decidió volver con sus compañeros.
De la misma forma que había llegado, se puso a la vista en el claro durante pocos segundos, aunque quizá de forma algo más descuidada, ya que al llegar al punto entre la cabaña y el comienzo del follaje, su espada tropezó con una piedra que sobresalía un palmo del suelo.
-¡Maldición! -barbotó casi en silencio.
La espada hizo un ruido sordo y la semielfa corrió todo lo que pudo, hasta que se sintió bien a salvo detrás de un matorral alto, desde el que observó la cabaña por si la habian oído. Oyó, más que vió, cómo la puerta se abría, girando sobre unos goznes mal engrasados; un sonido que contrastaba con la fuerza natural de la lluvia. Vio salir a la anciana, justo hasta donde el porche la protegía. Miró a uno y otro lado, y encogiéndose de hombros volvió a internarse en la calidez del habitáculo. La semielfa emitio un suspiro de alivio y se dio la vuelta, pensando en lo que les contaría a sus amigos sobre la exploración.

-La semielfa está tardando demasiado -dijo Duncan.
-La verías venir por tu espalda, si no estuvieras tan preocupado de sacarle brillo al mango de tu hacha, amigo -le respondió Gorham con una mirada pícara.
El bárbaro se giró velozmente y vio llegar a Astrid entre la lluvia. Pensó que cada día soportaba menos el caminar silencio de los elfos.
-Es una cabaña destartalada -empezó la semielfa antes incluso de llegar a la posicion-, con una humana anciana en su interior. No creo que se trate de ninguna bruja, sino más bien alguien que vive en el bosque. Quizá una druida.
Gaylin levantó la vista al oír el nombre de su oficio.
-¿Estás segura? -preguntó.
-Bueno..., no del todo -contestó Astrid-. Al menos es lo que parece, aunque no le he visto todos esos abalorios que llevas tú encima.
-¿A qué estamos esperando? Es un refugio, ¿no?
Con estas últimas palabras de Andros, y un gañido de Karuth, todos se pusieron en marcha, camino de lo que parecía un refugio provisional.